
«Perdóname, las cosas no son como creí que serían.»
— ¡Vuelve acá por todos los cielos, no es allí donde deberías ir!
Aunque trato de detenerla, Annie no responde. Sigue su camino recto hacia donde la lleven los pensamientos.
No la quiero seguir, pero debo hacerlo; estoy atada a ella como si fuese mi siamesa.
— Al menos aligera el paso, ve con más calma... no sé, me asusta esta pasadizo.
Creo que mientras más suplique, con mayor razón acelerará el paso.
— ¿Annie? ¿Cariño, estás bien?
No, claro que no está bien. Ella lo sabe, yo lo sé perfectamente. Todos lo sabemos, lo vemos, pero nadie se atreve a decirlo porque no la quieren ver llorar.
— Lo siento tanto, Annie. Tenías razón, estaba mal. Debí haberte escuchado, debí darme la vuelta y seguir por el camino contrario. Yo no quería… jamás quise…perdóname.
Yo sé que está de espaldas, pero va dejando rastros de gotas detrás suyo. Sé que está llorando.
Diablos, ¿y ahora qué hago?
Es que una ya no sabe que hacer, para donde ir, como calmar ese ardor.
No hay cura. Annie está enferma y no hay cura.
— Quiero olvidar.
Las únicas dos palabras que suelta al detener su paso. Sin darse la vuelta. Sin pedir nada más.
— Yo solo quiero olvidar.
Y me rodea con sus brazos sollozando, inconsolable, perdida, hundida en su dolor. Le acaricio el pelo y la sujeto con fuerza. Me dan ganas de llorar también, pero intento ser fuerte por ella.
— Tú y yo no somos diferentes, sufrimos por igual — le digo desviando la mirada hacia el suelo.
Me quema esa sensación de soledad por dentro, estoy abrazando a una amiga y aún así me siento sola, porque mi testarudo corazón me pide lo que no le pertenece, lo que no puede tener.
— ¿Por qué, cariño? ¿Por qué nos ha tocado vivir esto?
Sera parte de la vida, será un capítulo más… sea lo que sea estamos solas en esto y no hay forma de obtener lo que queremos. Mira que ironía. Así comenzó ese deseo, así termina ahora.
La trágica y dramática historia de nuestra vida, Annie.
No hay finales felices para nosotras.