
(Sobre cajas de fósforos y un cigarro)
Annie tiene 29 cajas de fósforos. Quince estan rotas, siete están completamente usadas, tres bajo llave guardadas en un cajón, tres más perdidas entre sus pertenecías y dos que están a muy poco de quedarse sin fósforos.
Ninguna le sirve para encender la fogata. Mucho menos el cigarro que tiene en la mano.
Se ha quedado con los malvaviscos en sus manos, las bebidas servidas y una tienda de campaña armada bajo las estrellas de esa noche de otoño.
Nadie quiere asistir si no hay fuego. Ni donde calentarse, donde azar malvaviscos.
Tiene el cigarro en la mano pero no lo enciende. No puede usar sus cajas de fósforos o se quedará sin nada de alguna forma.
De todas formas parece que no tiene nada.
¿Perdón? ¿Qué dices? Creo que no te escucho, estoy ocupada buscando las tres cajas perdidas.
Dime que no es cierto.
Pobre Annie, tal vez así es como tiene que ser. Sin cajas, sin fósforos. Una a veces no puede prender la fogata y ya está.
Tampoco el cigarro, cariño. Tampoco eso.